dijous, 22 de setembre de 2011

Un conte d'Heinrich Boll: Anécdota para hundir la moral de trabajo

En un puerto de la costa oeste de Europa hay un hombre pobremente vestido que dormita tumbado en una barca. En ese momento, un turista ataviado con clase ajusta una película de color a su cámara para fotografiar la estampa idílica: cielo azul, mar verde de olas apacibles con crestas blancas como la nieve, barco negro, gorra roja de marinero. Clic. Otra vez: clic, y como a la tercera siempre siempre va la vencida, otra vez más: clic. El ruido áspero y casi hostil despierta al pescador, que se levanta somnoliento y busca a ciegas su cajetilla de tabaco sin sacudirse la modorra; pero, antes de encontrarla, el turista se la pone con diligencia delante de las narices y, aunque no se lo ha metido en la boca, le coloca un cigarrillo en la mano; con un cuarto clic, el del mechero, finaliza su rápido gesto de cortesía. Este exceso de amabilidad (difícil medirlo e imposible probarlo) propicia la situación embarazosa que el turista, conocedor de la lengua del país, intenta salvar iniciando una conversación.

- Hoy tendrá buena pesca.

El pescador niega con la cabeza.

- Pero si me han dicho que el tiempo es perfecto para eso.

El pescador niega con la cabeza.

- ¿No va a faenar?

El pescador niega con la cabeza. Crece el nerviosismo del turista, a quien sin duda le preocupa de corazón el bienestar del hombre pobremente vestido. Le hiere que pierda tan buena oportunidad.

- Vaya, ¿se encuentra mal?

Por fin el pescador pasa del lenguaje de signos al lenguaje hablado. “Estoy estupendamete”, dice. “Estoy mejor que nunca”. Se levanta, se despereza como si quisiera presumir de su consitución formidable y atlética. “Estoy la mar de bien”.

El rostro del turista se entristece, no puede reprimir más la pregunta que amenaza con hacerle explotar el corazón: “Entonces, ¿por qué no sale a faenar?”

La respuesta es inmediata y breve:

- Porque ya he faenado de madrugada.

- ¿Buena pesca?


- Tan buena que no necesito salir otra vez. Tengo cuatro cigalas en los cestos y he pescado casi dos docenas de jurelos.

El pescador, finalmente despierto, rompe el hielo palmeándole tranquilizadoramente la espalda al turista, cuyo rostro preocupado le parece algo improcedente, pero conmovedor.

- Tengo suficiente, incluso para mañana y pasado mañana - dice para consolar el alma del extranjero. - ¿Quiere un cigarrillo?

- Sí, gracias.

Cada uno se lleva su cigarrillo a la boca. Quinto clic. Ahora el extranjero, moviendo la cabeza de un lado a otro, se apoya a un lado de la barca y suelta la cámara. En este momento necesita ambas manos para enfatizar su discurso.

- No es que quiera inmiscuirme en sus asuntos – dice -, pero imagínese que hoy sale por segunda, tercera, incluso quizás cuarta vez a faenar. Pescaría tres, cuatro, cinco, quizas diez docenas de jurelos. Imagíneselo.

El pescador asiente.

- En un año como mínimo podría comprarse un motor; en dos años, otra barca; en tres o cuatro, quizás un pequeño balandro. Lógicamente, con dos barcas o un balandro pescaría mucho más… En un futuro tendría dos balandros, podría…- el entusiasmo le ahoga la voz por un instante. -Se haría construir un pequeña cámara frigorífica, quizás una nave para ahumar pescado, después una fábrica de conservas, volaría con su propio helicóptero para descubrir bancos de peces e informar por radio a sus balandros. Podría adquirir licencias, abrir un restarurante de pescado, exportar los bogavantes directamente a París sin intermediarios…Y después…- de nuevo el entusiasmo le deja sin habla. Negando con la cabeza, con el corazón profundamente conmovido, con su alegría vacacional ya casi perdida, el turista contempla cómo fluye el auga en la que los peces brincan en libertad.

“Y después”, dice, pero otra vez la excitación le toma el habla. El pescador le palmea la espalda como a un niño que se ha atragantado.”¿Después qué?”, le pregunta en voz baja.

“Después”, dice el extranjero con relajado entusiasmo, "después podría sentarse aquí en el puerto tranquilamente, bostezar al sol… Y contemplar este magnífico mar”.

“Pero si eso ya lo hago ahora”, dice el pescador, “estoy sentado en el puerto, durmiendo. Su clic es lo único que me ha molestado”.

Aleccionado, el turista se va de allí pensativo, pues hace mucho tiempo él pensaba trabajar para no tener que hacerlo más algun día; y no le queda ni rastro de compasión por el pescador pobremente vestido, sino un poco de envidia.
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